ME PASO EL DIA COMPRANDO

jueves, 23 de febrero de 2012

Mi vida como celebrity: Yo tenía un novio llamado Vladimir

Yo: ya te vale, tanto tiempo sin pasar por aquí sin ni siquiera acercarte a saludar.
La celeb: he estado muy ocupada, soy una celebrity.
Yo: esa no es excusa.
La celeb: ya, ya he leído por ahí que te dan premios, que sales en revistas y que te regalan viajes a Nueva York.
Yo: ya ves, cada una se busca la vida como puede, y a veces la suerte te sonríe.
La celeb: bueno, ¿qué? ¿me vas a dejar contar mi historia o sólo vas a hablar de ti?
Yo: adelante, este post es todo tuyo.

Yo tenía un novio llamado Vladimir. Llevaba gafas de pasta y leía a Proust. Lucía el pelo largo peinado hacia atrás y veía películas de Europa del Este en versión original. Vestía de negro y hablaba con un curioso acento extranjero. Sus padres habían logrado una mega fortuna con la caída del comunismo en Rusia y se habían mudado a Barcelona  hace unos años a disfrutar de una mejor climatología.

Le conocí en un fiesta y su aspecto me pareció fascinante. Se me acercó y en cuanto le oí hablar me conquistó. ¡Me parecía tan exótica su forma de hablar!

Me pasaba el día llamando a mis amigas y diciendo he quedado con Vladimir, Vladimir y yo vamos a tal sitio, Vladimir esto, Vladimir lo otro. Era un nombre que me flipaba por su sonoridad y me pasaba el día repitiéndolo.

Pero pronto el hechizo se esfumó. Me aburría con él como una ostra. Se pasaba el día demostrando su supuesta superioridad intelectual, sus disquisiciones acerca del sentido de la vida no podían ser más soporíferas y era desquiciantemente perfecto.

Creo que no se despeinaba ni cuando hacíamos el amor.

Pronto comencé a sufrir un creciente sentimiento de inferioridad cuando estaba con él. Temía no estar a la altura, y encima estaba lo del aburrimiento. No me hizo cambiar de opinión ni sus carísimos regalos ni sus fantásticos planes que gracias a su abultada economía nos podíamos permitir.

Sí, estaba en un maravilloso hotel de París bebiendo champagne, cenando en el restaurante más caro de la ciudad y haciendo todos esos estupendos planes que se supone que te hacen feliz cuando estás en París y tienes dinero. Pero no me lo pasaba bien.

Las fiestas con sus amigos eran lo peor. Todo el mundo hacía que se divertía cuando sacaban fotos con el Iphone para colgar en Facebook o en Twitter, pero nadie perdía el control jamás, las conversaciones eran pretendidamente interesantes pero no podían ser más presuntuosas y afectadas. Muy ridículo tratándose de una fiesta con alcohol.

Le dejé al de poco tiempo y ¡se indignó! Decía que a él no le dejaban jamás, que, si acaso, él era el que rompía las relaciones.

No sabéis lo que disfruto ahora en mi vida con la improvisación, con la pasión, haciendo el ridículo cuando toca y cuando no, metiendo la pata y siendo un desastre como siempre lo he sido. Ahora quiero un novio menos perfecto y más divertido.

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